
El ojo de Jazim








La Hermandad Roja había enviado a uno de sus equipos al Círculo de Bellas Artes de la capital. Tenían que retirar la joya al finalizar el acto de apertura de la exposición de joyas exóticas. Era una misión discreta y todos los que formaban el equipo cábala eran conscientes del peligro que entrañaba ser descubierto. Estaba claro que cuando Claudio informó a Jorge de que tenían que retirar el Ojo de Jazim, éste sabía perfectamente que se trataba de un robo.
Tomaron posiciones dos horas antes de que comenzara el acto. El alcalde en persona estaría presente y había protecciones de todo tipo. Notaron el ambiente denso en cuanto entraron. Para Jorge era evidente que se había protegido el lugar contra intrusos psíquicos. Debía de haber dos Atmósferas por lo menos. Atmósferas, así se denominaba en la Hermandad Roja a las concentraciones de energía PSI sobre una zona de forma intencionada. Cuantas más Atmósferas acumulara un lugar, peor funcionaría la energía sutil que gente como Jorge manipulaba. La moqueta roja con símbolos negros bien pudiera ser el soporte, o sello, en el cual se anclaría la protección. Todas aquellas precauciones le parecían a Jorge un estorbo, no podría usar su poder en caso de necesitarlo. Decidió bajar la presión de aquellas Atmósferas irradiando poco a poco su propio poder. Así paseaba por la estancia, preparada para la exposición, fundiendo su energía con la del lugar. En su mente, visualizaba como iba deshaciendo nudos por los cuales se escapaba el fluido astral, reduciendo la presión hasta que alcanzó el nivel que él consideraba cómodo. Raquel, en el exterior, se encargaba de leer las intenciones de cada uno de los interesados en ver la exposición de joyas. Había encontrado a tres Heraldos entre los visitantes, sin duda estaban interesados el Ojo de Jazim. Fernando brindaba apoyo logístico desde el coche, conduciendo alrededor de la manzana, tal y como habían planeado, tratando de ver el futuro inmediato. Era necesario que lo hiciera de aquella forma, no podía abstraer su mente para vislumbrar el futuro si no era conduciendo. Jorge pensaba que estaba mayor para esa clase de misiones pero Fernando le echaba ganas, a pesar de sus cincuenta y nueve inviernos vividos. Jorge era el que hacía todo el trabajo sucio, estaba en plena forma a sus treinta y dos años. Raquel acababa de cumplir los veinticinco, aquella misión era su regalo de cumpleaños. Claudio había confiado en ella. Era el encargado de formar los equipos. A pesar de su importancia, Claudio no era más que otro eslabón de la cadena que formaba la Hermanad Roja. No tenían contacto con otros miembros al no ser que fuera absolutamente necesario. Raquel era la mejor telépata de la Hermandad Roja. Aquella iba a ser su tercera misión. Jorge pensaba que aquella asignación le venía grande aunque mostraba una seguridad en sí misma intimidatoria. Dentro de la sala, el ojo de Jazim resplandecía. Decía la leyenda que aquella joya provenía de tiempos tan remotos que su origen se había perdido en el tiempo. Oficialmente, era una pieza egipcia atribuida al culto del dios Thot. Extra oficialmente, ellos conocían su procedencia. Todas las sospechas apuntaban a la Atlántida aunque bien podría haber pertenecido a cualquier civilización extinta como Hiperborea o Lemuria. No se había investigado lo suficiente. La joya bien podría haber estado engarzada en un báculo o una corona. Ocupaba gran parte de la palma de la mano. Era un rubí precioso con un diamante incrustado a la perfección en el centro de la talla, a modo de pupila. Tal y como estaba expuesto, dentro de la vitrina de seguridad, un pequeño foco proyectaba la luz sobre la joya. Aquello proyectaba un brillo rojo y luminoso que despertaba la codicia de cualquiera. Lo importante para Jorge era la emanación de poder que podía observar si se concentraba en el plano astral. Aquello también podía disimularlo; concentró su energía en mitigar el resplandor hasta conseguir que no llamara la atención. Si había Heraldos entre los visitantes, tal y como le había avisado Raquel, también podrían observar aquel efecto. Era mejor que no sintieran la certeza de estar ante un verdadero objeto de poder.
—Cábala uno, responde. –Era la voz de Raquel a través del auricular que Jorge tenía oculto en la oreja. Jorge sacó su teléfono móvil y simuló hablar por él.
–Adelante, Cábala dos.
–Está llegando el comité de inauguración. El ritual va a dar comienzo en seguida.
–Comprendido, Cábala dos. Sigue en tu posición. –Jorge notó como la sala se poblaba de periodistas, visitantes curiosos y el comité de inauguración con el alcalde a la cabeza, rodeado de flashes y cámaras de televisión. Aquel era uno de los sacerdotes Heraldos, cumpliendo su papel a la perfección. Cada gesto que hacía disimuladamente estaba estudiado para activar el poder de la joya. Cada paso con el que se acercaba esperaba al siguiente durante unos segundos que aprovechaba para contestar alguna pregunta disparada por el periodista de turno. Todo el rito estaba debidamente camuflado. Jorge observaba como la joya generaba su propia atmósfera según iba avanzando el alcalde hacia la vitrina. Por fortuna, no podía apreciarlo nadie, excepto él. El director de la exposición le hizo entrega al alcalde del estuche modesto de cobre y plomo que servía para salvaguardar la gema. Todo muy ceremonioso, la foto debía quedar bien. El director de la exposición era de la Hermanad Roja, como ellos, pero no lo conocía. Estaba entregando la reproducción falsa donde la joya debería vincularse para controlarla. El vínculo no surtió efecto, aunque el alcalde estaba bien convencido. Raquel estaba ocupándose de aquello. El sacerdote custodio levantó bien la caja para que los periodistas pudieran fotografiarla pero también para que la joya observara quien era su nuevo señor. Jorge vio brillar con mayor intensidad el ojo de Jazim. Lo estaba rechazando. Al momento, se activó el auricular.
–Cábala tres aquí, a media calle de la entrada. Responde, cábala uno. He visto algo.
–¿Qué es, Cábala tres?
–Es impreciso, tiene que ver con el alcalde, con sus ambiciones. La joya está involucrada en su plan. No me ha dado buen rollo, Cábala uno. –Fernando resultaba cómico tratando de hablar con gente más joven. Trataba de usar su jerga aunque era evidente su aspecto forzado.
–Cábala dos, entra conmigo. Vamos a necesitarte.
–Comprendido, paso hacia adentro.
Al cabo de un minuto, Raquel se personó en la sala, con su vestido negro, discreto y elegante, a juego con su pelo. En cuanto vio al alcalde trató de entrar en sus pensamientos mientras caminaba disimuladamente hacia Jorge y le besaba en la mejilla.
–Es ambicioso, sin duda. Tiene pensado quedarse con el ojo de Jazim sin que sus superiores lo sepan. Va a dar el cambiazo cuando la prensa haya desaparecido. Tiene una réplica hecha en cristal.
–No podemos actuar directamente, es el maldito alcalde…
–¿Qué sugieres, Cábala uno?
–Puedo darle el cambiazo cuando le traigan la réplica pero necesito saber dónde la guarda.
–En su coche oficial, maletero. Lo custodian dos agentes de policía.
–Eres buena. ¿Lo has leído en la mente del alcalde?
–No; he visto el coche oficial con los dos agentes. Han aparcado en frente de mi posición.
–¿Y cómo sabes que está en un maletín dentro del maletero?
–Porque he visto como el alcalde dejaba el maletín antes de entrar al edificio. El resto es deducción.
-Está bien. Durante la ceremonia he debilitado las protecciones. Podré usar mi habilidad. Cábala tres, gracias por el aviso. Aparca cuanto antes y ven hacia la posición que guardaba Cábala dos. Nosotros salimos hacia allá.
–Entendido, cábala 1.
Jorge y Rachel dieron la espalda al final de la ceremonia encubierta y salieron por la puerta principal del círculo de bellas artes al exterior de la calle. Al otro lado de la acera estaba Fernando.
–Me alejaré. Vosotros dos, simulad una pelea, atraed la atención de los guardias mientras me acerco por detrás.
Ambos asintieron. Raquel y Jorge se separaron cuando alcanzaron la entrada. Él anduvo hasta el final de la calle y recurrió a su poder. Su silueta se hizo más tenue. De aquella forma, se aproximó por la zona menos iluminada hacia el coche oficial. Cuando Jorge estuvo cerca del coche tratando de no llamar la atención, Raquel comenzó a gritar. Fernando le seguía la corriente. Simularon que fueron ex amantes y Raquel le advirtió que tenía una orden de alejamiento. Los dos agentes no pudieron ignorar aquel enfrentamiento e intercedieron. Jorge se concentró en la oscuridad de su entorno y se movió sin ser detectado. Cuando estuvo a la altura del maletero del coche oficial, puso sus manos sobre la chapa, sin tocarla.
–Cábala dos, sé que tienes una actuación en curso pero necesito la imagen del maletín. –Al momento, la imagen que necesitaba se hizo palpable en sus pensamientos. El maletín se materializó de súbito. Jorge abrió los cerrojos con un movimiento de su mano. La combinación saltó sin oponer resistencia. Abrió la tapa. Allí resplandecía una réplica exacta del ojo de Jazim. La cogió entre sus manos y murmuró las palabras que le habían enseñado para rasgar el espacio. No había trazado ningún símbolo mágico, corría peligro. Cuando hubo terminado de pronunciarlas, la joya había resplandecido por un momento en la palma de su mano. Había realizado el cambio con éxito. Las fuerzas de Jorge se consumieron y sintió un vértigo repentino. Volvió a colocar la joya verdadera en el maletín acolchado. Debía finalizar el trabajo y estaba al límite. Reuniendo toda la voluntad que le quedaba, realizó la traslación del maletín, que fue a parar de nuevo al maletero del coche oficial. Al finalizar aquella proeza de magia se sintió desvanecer. Pudo alejarse unos pasos hasta un banco callejero y allí se sentó. Su mente estaba cansada. Mientras no sangrara por la nariz, todo iría bien. Los agentes habían vuelto a su posición. Fernando había sido expulsado de nuevo hacia el coche, con el que había salido de allí; Raquel se estaba acercando a Jorge. Él se levanto apresuradamente y se alejó calle abajo, algo desorientado. Cuando estuvieron a una distancia adecuada de los dos policías locales, Raquel se atrevió a socorrer a su compañero. Jorge ya no avanzaba, se había quedado apoyado en la pared, tiritando. Daba la sensación de que fuera a caer de rodillas. Cuando Raquel llegó hasta a él, su cara estaba encrespada y sangraba por la nariz. Intentaba detener la hemorragia con el dorso de su mano. Rachel buscó en su bolso un pañuelo de papel y se lo ofreció. Jorge lo agarró apresuradamente y se taponó la nariz con él. Ya estaba recuperando la fuerza perdida pero evitaba mirar a Rachel a la cara. Sentía vergüenza.
–No seas tan orgulloso. Todos hemos alcanzado el límite alguna vez.
–Ya… Nunca había alcanzado el límite en una asignación.
–Siempre hay una primera vez. Cábala tres, aquí cábala dos. Ven a recogernos.
–¿Va todo bien?
–Cábala uno ha sufrido una extenuación pero está bien.
–No podemos irnos, tenemos que recuperar la joya.
–Lo haremos pero necesitas descanso. Déjamelo a mí.
–No he notado ninguna variación del futuro inmediato por el momento. Estoy en la esquina de la calle Sabina. Aquí os espero. Corto.
La comunicación se apagó al otro lado del auricular. Los dos sabían que Fernando se cansaba de tener el aparato metido en su oído. A Jorge le parecía demasiado impaciente. Raquel ayudó a Jorge a avanzar por la calle, algo más restablecido. Había dejado de sangrar por la nariz. Entraron en el coche y Jorge pidió a Fernando que fuera de nuevo a la entrada del Círculo de Bellas Artes.
–¿Por qué?
–La joya. Está dentro.
–¿Pero no la has cogido? Creía que la tenías encima.
–No, la he intercambiado. De esta forma, el alcalde no sospechará nada. Ya posee el Ojo de Jazím y lo va a intercambiar por su propia réplica.
–¿Y cómo sabes que no se dará cuenta?
-No se dará cuenta, ya me he encargado de eso. –dijo Raquel.
–Da la vuelta, tenemos que ir a la entrada.
Con un aire de resignación, Fernando dio la vuelta al automóvil y se dirigió al lugar de la exposición. Aparcó a cuatro coches de distancia del vehículo oficial y esperó órdenes.
–Me proyectaré astralmente. Voy a echar un ojo.
–¿Cómo que vas a echar un ojo? –Raquel sacudió levemente a Jorge para que no se concentrara. –Si te vuelven a ver, podrían sospechar. Déjame a mi.
–Me iba a venir bien una siesta.
–Estás agotado, te quedarías profundamente dormido. Es mejor que me ocupe de este asunto.
–De acuerdo; todo tuyo, Raquel.
La chica de pelo negro cerró los ojos y se dejó caer en el asiento de atrás. Fernando puso una extraña música que tenía tintes asiáticos para ayudar a Raquel a concentrarse. Al cabo de unos minutos pudo separar su conciencia de su cuerpo y salió del coche, flotando. Observó cómo sus compañeros vigilaban la puerta en busca de movimiento. Jorge la estaba viendo, tenía aquella capacidad innata de ver el astral. Ella planeó hasta la entrada, donde veía trazas de energía debilitada que se arremolinaban alrededor de la habitación. El trabajo de Jorge había hecho un auténtico desastre. Toda la energía uniforme que estaba establecida en aquella sala estaba ahora deshilachada y sin fuerza. Mucha gente ya se había marchado. Los periodistas se habían retirado y solo quedaban los operarios de mantenimiento. El director del Círculo de Bellas Artes presenciaba la nueva ceremonia que el alcalde estaba realizando. El teniente de alcalde y el concejal de cultura contribuían con el acto, cortando las palmas de sus manos y dejando que sangraran por el Ojo de Jazim. Raquel veía resplandecer levemente el ojo verdadero del falso. El director de la exposición lo sostenía mientras aguardaba, paciente, a que el ritual finalizara. Colocaron el ojo verdadero en su vitrina mientras guardaban el falso, bañado en sangre. Al cabo de unos minutos y efusivos saludos, el alcalde se marchó. El director recibió un sobre abultado como pago y Raquel vio que no hacía nada por allí, así que volvió a su cuerpo.
–Ya está. Se ha hecho.
–Entonces tenemos que ir. –Añadió Jorge. Los tres compañeros bajaron del coche una vez el automóvil oficial del alcalde se alejó de allí. Cuando accedieron al interior, el director todavía estaba en la sala, contemplando la supuesta réplica con extrañeza. Saludaron al veterano director y éste se acercó a ellos, preguntando en qué podía ayudarles.
–Se trata de un asunto de la Hermandad. Nos envían a retirar la joya.
–¿Identificación? –Jorge mostró su carné pero lo que convenció al director fue ver el sello del anillo en su dedo índice con el emblema de la Hermandad Roja, una hache capital con un rosal carmesí enredado en esta.
–Necesito verificación.
–Hable con Claudio.
–Necesito su número de teléfono, yo no…
–Tome, lo tengo esperando en el móvil. – Jorge había marcado el número automáticamente y le ofrecía el aparato al director. Tras escuchar las instrucciones que provenían del otro extremo del teléfono móvil con una serie de asentimientos, el director ordenó que se desactivara el sistema de seguridad alrededor de la vitrina. Una vez los operarios terminaron el trabajo dejó que se llevaran la joya. En cuanto tuvieron el ojo en su poder, se marcharon sin dar explicaciones.
Una vez en el coche, Raquel preguntó:
–¿Es siempre tan aburrido?
–Sí, siempre que salen las cosas bien. Reza para que sea todo así de aburrido, amiga Raquel.
–¿Volverán a asignarnos juntos?
–Me parece que sí. Por mi experiencia –Fernando puso el intermitente y salieron del centro –creo que seremos compañeros un tiempo, hasta que comencemos a cagarla. Entonces nos desmontarán como grupo y nos reasignaran. O pueden acabar expulsándonos… Depende de la cagada, claro.
Los tres llegaron a las afueras de la capital hasta una zona residencial tranquila, a medio construir. Allí, descansaron cada uno en su habitación.
