
Uchida Arata








Vi la sombra de un tigre proyectarse en el camino la primera vez que encontré al señor Uchida. Era su propia sombra. Me estremecí, lo reconozco. Dudé en seguir con el plan pero mis compañeros, escondidos a pocos metros, me hacían señas para que continuara actuando. Debido al nerviosismo, el llanto me salió más creíble aunque el samurái no apresuró el paso ni mostró interés en mí. Llevaba un kimono de viaje, bastante raído en las esquinas. Aparté las lágrimas fingidas e imploré su ayuda cuando pasó por delante. Él se fijó en mi cuerpo medio desnudo. Bajé mi cabeza hasta sus pies y le pedí clemencia, mostrando más mi cuerpo, tal y como hacía en cada emboscada. Entonces me levantó, agarrando mi brazo con fuerza. Retiró mi desabrochado obi, abriéndose mi kimono por completo. Cuando pensé que iba a tomarme allí mismo, observó el tatuaje que tengo en el seno derecho en forma de mariposa. Aquella mariposa escondía un kanji. Me lo tatuaron cuando entré al servicio del señor Ywahara. Aquel samurái desenvainó su catana, se había percatado de la trampa. Recuerdo temblar de pánico. Repelió a Sauta, el primero en saltar de los arbustos, partiendo su lanza con un movimiento tan rápido que apenas pude darme cuenta. Sauta perdió la mano y la lanza en el acto. Takumi fue el siguiente en atacar. Lo venció antes de que lanzara una tercera estocada. Me interpuse en su camino y el samurái me tiró al suelo de una bofetada. Recuerdo hacerme un ovillo allí donde caí. Estaba aterrada por aquel hombre que luchaba como diez guerreros. Estaba viendo al tigre en acción, dando caza a sus presas. La mayoría de nuestra banda murió aquella tarde. Los pocos supervivientes nos rendimos ante el samurái. Tuve que ser yo la que hablara por todos. Conmigo mostraba una piedad que no habían conocido mis compañeros. Me presenté como Hanako Saji, mi nombre verdadero, y conté los acontecimientos que me llevaron a mí y a mis compañeros a terminar de aquel modo tan vergonzoso, robando y asesinando. A mis siete primaveras perdí a mi madre, que enfermó gravemente. A mi padre se lo llevó la guerra y no lo llegué a conocer. La señora Saori me tomó bajo su custodia. Fue ella misma la que me preparó para contentar a los hombres desde que mostré mis primeras virtudes. Fueron años de doloroso aprendizaje aunque, con el tiempo, aprendí a tocar el shamisen correctamente. Entonces, la señora Saori cayó en desgracia, pasando a ser Ywahara Teru el nuevo propietario de su local. Pronto me convertí en una de sus favoritas. El señor Ywahara acudía con frecuencia a mi habitación para que le complaciera. La comodidad de servir a un solo hombre terminó a los pocos meses. Un día dije algo inapropiado para él, mostrando mis sentimientos con sinceridad. Era solamente una niña confundida. No se sintió cómodo en mi compañía desde entonces y el señor Ywahara me repudió. Era tanto el desprecio que mostraba por mí que me destinó como señuelo de sus emboscadas. Mi vida corría peligro con cada asalto y él esperaba que no sobreviviera, lo veía en sus ojos. Me complacía la decepción que sentía al verme de regreso. El aprecio que sentía por él se convirtió en un profundo rencor. Durante los asaltos, a menudo me golpeaban o conseguían violarme hasta que mis compañeros venían en mi ayuda. Todo aquello no importaba, me seguía manteniendo viva para ver la mirada de quien no era capaz de matarme con su propia espada. Aquello me hacía más fuerte que él y así lo sigo sintiendo.
Algo en mis palabras conmovió el corazón de aquel hombre pues el samurái se quedó con nosotros, mostrándose amigable y comprensivo. Se presentó como alguien de la familia Uchida mientras tomaba ramas secas para hacer fuego allí mismo. Mis compañeros, todavía de rodillas, intercambiaban miradas de asombro. Preparamos el té y percibí entre ellos cierta admiración por el samurái. Cada uno se sinceró con él, narrando las circunstancias de sus vidas en torno al fuego. A mí me alimentaban dos veces al día y dormía bajo techo. Ellos apenas podían comer lo que robaban. En el pasado, antes de ser obligados a robar, eran sencillos campesinos. El señor Uchida se mostraba molesto ante la situación que el señor Ywahara Teru había provocado en Fujutsuki. Le conté que había aldeanos que jamás probaban un grano del mijo que cultivaban. Lo que no se llevaba el daimyo local era para el señor Ywahara. El señor Uchida permaneció en silencio después de todo lo que le contamos. Cuando volvió a hablar, quiso saber cómo llegar al domo del señor Ywahara. Le advertí de que no vivía solo. En la casa vivían sus guardaespaldas personales. Se trataba de cuatro ronin pendencieros, siendo Reiji el más detestable de todos. El señor Uchida hizo caso omiso de mis advertencias y nos acompañó de vuelta. Pensé que no quería seguir viviendo y había escogido morir bajo las espadas de la banda del señor Ywahara. Tuve compasión por él, lo reconozco.
Durante el trayecto, me contó que quería batirse en duelo contra el señor Ywahara. Noté entonces la furia del tigre que llevaba dentro. Tanto él como el señor Ywahara no habían vivido cuarenta inviernos, siendo muy cercanos en edad. Así pues cuando estuvieron cara a cara, quedó en evidencia que ambos habían compartido un pasado. El señor Ywahara puso atención a mis palabras tras aquella mirada de desprecio que siempre mantenía conmigo. Lo sentí lleno de curiosidad cuando le hablé de que un samurái de la familia Uchida quería verle. Las miradas de ambos se enfrentaron nada más verse en el tatami principal. Todos los hombres del señor Ywahara fueron acudiendo hasta ir llenando la sala. El señor Uchida inició una acusación en voz alta. Afirmó que conocía a Ywahara Teru desde su infancia. Él era el responsable de la caída en desgracia de su padre, traicionándolo y obligándolo a cometer Seppuku. Buscaba restaurar el deshonor que había sufrido su familia y desafiaba al señor Ywahrara Teru a un combate a muerte. Aquellas palabras pesaron en mi corazón. Pensé que había enternecido al samurái con mi historia. Nada más lejos de la realidad. El señor Uchida había dado con el motivo de su venganza. Si alguna vez desperté algo más que su ira cuando nos conocimos, lo desconozco hasta ahora. El señor Ywahara se vio comprometido delante de todos nosotros. Habían acudido desde el último rincón de la casa para presenciar el desafío. Esperaba que el señor Uchida acabara asesinado por la espalda. Más tarde escuché que el señor Ywahara, de familia samurái, había inculcado los valores del bushido en todos los guerreros a su mando. Los ronin recordaban vivir bajo el código en sus antiguas vidas, al servicio de otro señor. Sin embargo, quebraban el código con más frecuencia que los aldeanos convertidos en guerreros. Cuando el señor Uchida lanzó el desafío contra el señor Ywahara, fueron los ronin los primeros en interferir. Atacaron los cuatro a la vez, algo ignominioso para el código de bushido y para ellos. Sin embargo, no les importó. Hasta el señor Ywahara se mostró molesto ante aquella interferencia sin permiso. El señor Uchida manejó su catana con suma presteza, desviando uno de los golpes. Su wakizashi frenó el filo de la catana de Reiji y lo destripó a continuación. Mi corazón palpitó con más fuerza por el señor Uchida. Reiji era el ronin que más me visitaba, comportándose siempre como un animal. Lo detestaba. Comencé a temer por la vida del samurái errante y cerré los ojos. Una ovación de asombro hizo que mirara de nuevo. El samurái estaba vivo e ileso. Fue el señor Ywahara, indignado por la violación del código del bushido, el que decapitó Reiji. Recuerdo a Ywahara Teru, con su pelo suelto y su túnica azul de seda, avanzar por el domo principal con la catana todavía ensangrentada, buscando el enfrentamiento con el señor Uchida. Los demás guerreros no osaron interferir en el combate y dieron por sentado que debían acatar el resultado, fuera cual fuera. El samurái errante no había cambiado su posición defensiva. Los dos esperaron largo tiempo, frente a frente. Vi la sombra del tigre que era el señor Uchida frente a la oscuridad serpenteante del señor Ywahara. La ira del tigre tomó la iniciativa. El señor Ywahara se encontró esquivando una lluvia de acero. Dejé de mirar; la incertidumbre hacía que latiera mi corazón más fuerte. Temí desmayarme en aquel momento. Fue entonces cuando escuché las ovaciones para el señor Ywahara. Había conseguido herir en la pierna al señor Uchida. Sentí que la sangre abandonaba mi rostro pero me esforcé en no perder el conocimiento. Me forcé a mirar y no perder detalle, fuera cual fuera el resultado. Todavía recuerdo con claridad lo que hizo el señor Uchida por última vez. Sangraba abundantemente por la pierna y apenas podía dar un paso. El señor Ywahara sonreía, dándose por ganador. Se lanzó, furioso, hacia el samurái pero éste cedió ante el golpe, giró rápidamente y atravesó de costado a costado al señor Ywahara con su wakizashi. He de reconocer que no me atreví a mostrar mi entusiasmo. Por las puertas abiertas comenzó a pasar aire de la montaña, rompiendo con su murmullo el momentáneo silencio. Mis compañeros comenzaron a corear entonces el nombre de Arata, que significa viento fresco o nuevo. Todos los guerreros, poco a poco, se unieron al cántico mientras el señor Ywahara cedía fuerzas ante la muerte y se desplomaba, sin vida, sobre el tatami principal. Finalmente, el cántico se convirtió en clamor. Uchida Arata era el nuevo líder de la banda. Perdí la formalidad y me lancé en auxilio del samurái. Las criadas de la casa acudieron conmigo y mis compañeros se ofrecieron proteger y trasladar al samurái, tomándolo en el aire y llevándolo a las estancias interiores de la casa.
El señor Uchida Arata no se quejó ni un instante mientras cosía su herida. Lo hice lo mejor que sabía y he de reconocer que hice un gran trabajo. Él bebía sake reposadamente, en los antiguos aposentos del señor Ywahara. Cuando finalicé, permitió que me quedara a dormir con él. Fueron días de dicha y fantaseé con otra vida, construyendo castillos en el aire. Él parecía complacido, hasta que se recuperó. Una mañana desperté antes que el gallo y ya había partido. En el lecho, encontré una nota que decía: “sois libres para mejorar vuestras vidas. Abandonad toda vileza. Volveré”. Todavía guardo aquella nota cerca de mí. Espero en la pagoda del domo todas las tardes, tocando el shamisen. Sé que el señor Uchida regresará. Le complacerá ver esta casa convertida en posada. Tal vez piense en formar una familia… Mírenme, no aprendo. Sigo cometiendo los mismos errores que de niña. Me dedico a construir castillos en el aire.
