
Muerte simulada








Mi nombre es Tobías y soy enterrador. Llevo veinte años de oficio, por lo general, este trabajo es tranquilo. Uno se ha inmunizado de la pena que traen los familiares de los difuntos y a no darle muchas vueltas al asunto de la muerte. Las cosas son así, todos morimos y es irremediable. Lo que no es tan natural es volver a la vida. Hace dos semanas fui testigo de un hecho inaudito. Vivo en el cementerio, en una casita al lado del crematorio. Vivo solo, soy soltero a mi pesar. Ninguna chica se siente atraída por el oficio de enterrador. Déjenme un poco contarles en qué consiste mi trabajo. Cuido del cementerio, limpio los restos que explotan de los nichos (sí, los cadáveres pueden explotar. No ocurre en todos los casos, pero es más frecuente de lo que se supondría), cambio las flores, podo árboles y setos, limpio… Durante el día tengo ayuda de dos funcionarios del ayuntamiento pero por la noche me quedo solo.
Aquel lunes estaba tan solo como de costumbre, viendo la televisión. Había sido duro, una familia de etnia gitana enterró al patriarca esa misma mañana. Las muestras de dolor eran desgarradoras. Hasta yo, acostumbrado a estas situaciones, consideraba todo aquello desproporcionado. El hombre había muerto con cincuenta y cuatro años, sin más. Probablemente un ataque al corazón. Dejaba a siete miembros de la familia totalmente desolados. No solo estaban los familiares cercanos, estaba todo el mundo allí. Era un hombre muy respetado y se había presentado gente de muchas provincias. El caso es que había más gente que en la guerra. Estuvieron toda la mañana y, cuando creía que iban a marcharse para comer, sacaron una barbacoa y se pusieron a cocinar al pie de la tumba. Los lloros se transformaron en cánticos en algún momento de la tarde y sonaron guitarras y cajones de percusión. Me invitaron a unos vinos en el último paseo de la tarde, sobre las seis de la tarde. Me ofrecieron de todo y no pude negarme a los pasteles y a los chatos de tinto. Un vino buenísimo, he de añadir. Bebí algo más de la cuenta y, al llegar a mi casa, eché una cabezada. Dormí tres horas, a las nueve de la noche, una hora más tarde del cierre, tuve que pedir que se marcharan las decenas de personas que quedaban y así lo hicieron con pesar. La música pasó y los llantos volvieron a ser altos y exagerados. Tardé otra media hora en cerrar las grandes puertas rejadas hasta que conseguí que se marcharan. Una vez terminé, me fui a descansar a mi casa. Nada pasó hasta las doce y media.
A aquella hora noté que se acercaba un coche y pasaba de largo. Lo seguí con la mirada y vi que se quedaba al final del muro. Allí apagó las luces. Cuando vienen coches de ese tipo suelen ser parejas buscando tranquilidad, a veces son adolescentes. Salí de la casa y accedí al cementerio por la puerta pequeña, con mi linterna y el móvil listo para llamar a la policía. En una ocasión me encontré a un grupo de adolescentes haciendo una especie de rito. En cuanto me vieron, salieron corriendo. Aquella noche iba tan confiado como de costumbre, pensando en que aquel coche sería una pareja de enamorados. Al llegar a la tumba del patriarca, me sobresalté. Se escuchaban una serie de golpes procedentes de la lápida. Apagué la linterna y me escondí, estaba muerto de miedo. Los golpes eran mucho más fuertes y estaban acompañados de gritos de auxilio. Cuando me puse en pie para reaccionar, había tres personas retirando la lápida de mármol. Al momento vi el cuerpo animado del patriarca, que salía comentando el mal trago que había sufrido. Poco a poco, con ayuda de los tres familiares, el patriarca surgió de la tumba resoplando de vida. Cuando estuvo fuera, los cuatro se quedaron mirándome fijamente. Yo había ido acercándome más por curiosidad que por arrojo. Cuando les pregunté qué hacía allí dijeron que había sido un milagro. El hecho de llevarme el teléfono móvil a la oreja mientras marcaba automáticamente el teléfono de la policía hizo que cambiaran de argumento. Al final me contaron la historia completa. El padre había contratado un seguro de vida hacía dos años y necesitaban el dinero. El patriarca fingió su muerte con un medicamento que no recuerdo. Aquello era la culminación de su plan y yo era el único que podía arruinarlo. Se deshicieron en alegrías cuando hablaban de los trescientos mil euros que iban a cobrar. Estaban tan contentos que uno de ellos me dio un fajo de billetes de veinte euros para que los disfrutara. Aquello me convenció para colgar al policía que tenía al otro lado del teléfono. Antes de marcharse, los tres familiares del patriarca me ayudaron a colocar la lápida como si no hubiera pasado nada. Dejé que salieran conmigo, por la puerta pequeña, mientras me suplicaban que no dijera nada. Se despidieron alegremente, señalando el dinero varias veces y llevándose el dinero a los labios. Yo no añadí nada y me metí en la casa. Dejé que el incidente pasara de largo. Me fui a la cama y dormí como un muerto. A la mañana siguiente, mientras desayunaba, recordé todo al ver el dinero sobre la mesa de la cocina, tal y como lo había dejado. Efectivamente, no conté nada del asunto pero esta historia tenía que ser conocida. Me llamo Tobías, soy enterrador y he visto cosas que jamás creeríais.
