
Amor de plástico








Daniel paseaba intranquilo por su piso. Iba de su dormitorio a la cocina mientras consultaba su reloj y hacía el recorrido a la inversa. De pronto sonó el telefonillo. Con paso apresurado, alcanzó el auricular y presionó el botón de apertura. Era el repartidor, tal y como había esperado. Todavía tuvo que esperar cinco largos minutos con la puerta abierta hasta que el repartidor llegara a su vivienda, en el cuarto piso. Traía sobre la carretilla una caja voluminosa, tan alta como una persona. La dejó en el interior del domicilio. Una vez firmó los papeles del envío, Daniel cerró la puerta con ansiedad y se lanzó a desembalar el contenido. No tardó mucho en descubrir su preciado regalo, un regalo que se había comprado él mismo por su cuarenta cumpleaños. Nunca había sido bueno con el sexo opuesto y con la edad su atractivo había empeorado. Las prostitutas resultaban demasiado caras y se había convencido a sí mismo de realizar una inversión. Había comprado aquella muñeca de látex. En cuanto la vio, no se sintió defraudado. La fragancia que desprendía era dulce y ácida a la vez. Su pelo era caoba y la piel blanca, con ligeras pecas en la cara, era suave. Sus ojos verdes dejaban una mirada vacía y abstraída que despertaba el morbo nada más apreciarlos. Su pecho era generoso, con pezones redondos y amplios. Tocó las tetas de la figura. El tacto era distinto al natural, algo más duro; encontró satisfactorio este hecho. Analizó las piernas, suaves y tersas. No había rastro de pelo púbico. Lo había preferido así aunque muchos clientes escogían el pelo a propósito según le habían comunicado los fabricantes. Analizó la vagina. Era desmontable, muy suave al tacto, con un depósito que se podía extraer para lavar. Sonrió para sí mismo y arrebató del interior su nueva adquisición. La llevó directamente a su dormitorio y la exploró como alguien que llevaba mucho tiempo sin tener contacto humano.
Daniel pensaba continuamente en su reciente adquisición. Su muñeca, a la que llamaba María, ocupaba sus pensamientos de forma lasciva. Iba del trabajo a casa y viceversa. Su vida social desapareció durante semanas. En el trabajo no paraba de pensar en María. Muchas veces aquello le producía prolongadas erecciones. Le resultaba algo molesto llevar todo aquello en secreto y pronto comenzó a lanzar comentarios acerca de su nueva relación. Lógicamente tuvo que fantasear un poco y dar por sobrentendido que se trataba de una persona real. Hablaba de sus ojos verdes, su tacto suave y su olor tan agradable. A Daniel le surgió un problema cuando su compañero David le preguntó si se comunicaban bien entre ellos dos. Él tenía problemas con su esposa desde hacía años. Daniel le contestó que María era poco habladora, generalmente era él quien iniciaba las conversaciones y ella asentía y acababa dándole la razón. David se dio por satisfecho con aquella respuesta mientras sonreía pícaramente a Daniel. Cuando volvió a casa, se planteó hablar más con María. Empezó tímidamente, comentando cosas sobre el trabajo. Daniel tenía que imaginarse las respuestas que daría su amada. Poco a poco fue confeccionando una personalidad sobre la muñeca de látex y cada día iba consolidándose hasta formar una identidad propia. Con el tiempo, saludaba nada más entrar en casa y mantenía largas conversaciones con la muñeca. Se enfadaba cuando imaginaba que le llevaba la contraria y volvía a imaginar que hacían las paces. Luego hacían el amor. Amor con sabor a látex. Amor de plástico con un aroma adictivo y apasionado. Susurraba poesía a sus oídos y en su mente se reproducía la respuesta cariñosa de su amada. El único momento donde esa magia se perdía era después del coito, cuando tenía que hurgar en el interior de la muñeca y sacar la pieza extraíble para lavarla. Hacía todo aquello pensando que dañaba a María. Musitaba una disculpa y la compensaba comprándole un vestido cada vez que hacían el amor. Pronto la muñeca tuvo su propio armario.
Al cabo de unos meses, recibió una llamada de teléfono. Era su amigo Julián, al cual no veía desde que adquirió la muñeca. Intentó evadir un encuentro con él argumentando que se encontraba enfermo y no podía quedar. Julián era un buen amigo, persistente. Insistió en pasarse por casa de Daniel para comprobar su estado de salud y, de paso, tomarse unas cervezas con él. Nada pudo hacer Daniel para disuadirlo.
Daniel estaba molesto por la inminente visita. Estuvo dudando en presentar a María. Julián era amigo suyo desde la universidad y conocía su humor pesado. Tal vez no entendiera aquella relación. O tal vez sí que la entendiera, después de todo era una inversión. Al final se decidió por mostrar a su amada. Ella era el motivo de su felicidad, estaba orgulloso de ella. Podía escuchar la voz de su amada en su mente aprobando aquella decisión. Vistió a su muñeca con el mejor vestido que tenía. Luego la puso sentada en el salón de su vivienda, como si estuviera viendo la televisión, con las piernas cruzadas. Julián llamaba a la puerta cuando Daniel terminaba de colocar a María en el sofá. Los dos se saludaron con un abrazo un instante después de abrir. Julián traía una botella de vino y se ofreció a abrirla de inmediato. Daniel esperaba coger la botella pero Julián no la soltó y pasó directamente al salón. Se sobresaltó con un taco y acto seguido se aproximó a saludar a María. Daniel trató de interponerse entre los dos en un movimiento inútil. Julián se paró en seco al ver cómo estaba siendo ignorado. Se volvió hacia Daniel con mirada interrogativa. No pudo evitar sonreír ante la sorpresa de su amigo. Por fin se atrevió a decirle que era su nuevo regalo. Julián estaba aturdido así que decidió abrir la botella de vino y comenzó a bebérsela antes de servirla en la copa. Daniel invitó a sentarse a su amigo y volvió con dos copas de vino. Julián se sentó al lado de María. Examinaba a la muñeca con ojos forenses aunque manteniendo la mirada de reojo sobre Daniel. El se había sentado frente a ellos. Bebió el vino de su copa y se sirvió otra más. Mientras lo hacía, Julián apuraba la suya e indicó que le sirviera más deshaciéndose en halagos absurdos hacia María. Resaltó sus preciosos ojos verdes, el pelo rojizo natural y sus grandes tetas, por no hablar de ese olor tan agradable que desprendía. Daniel asentía complacido pero a lo largo de la conversación, Julián se iba tomando más confianzas con la muñeca. Le pasaba la mano por la pierna, tocaba sus brazos con curiosidad y llegó a magrear una de sus tetas. Cuando iba a levantarle el vestido para comprobar su vagina Daniel se levantó de un salto. Julián rompió a reír. El vino se le había subido a la cabeza y no se daba cuenta de la falta de respeto. Daniel conocía el poder de atracción que emanaba de María así que optó por retirar la muñeca del salón y llevarla de nuevo a su dormitorio. En seguida volvió con Julián, que siguió tomándole el pelo. Se había servido otra copa de vino y soltaba carcajadas intermitentes con la cara roja. Daniel intentó que comprendiera las causas que le llevaron a comprar aquella muñeca. Habló de sus antiguas relaciones, las dos infructuosas. Le expuso lo difícil que era ligar con compañeras de trabajo o entablar una nueva amistad en la calle. Julián asentía pero no se le borraba aquella sonrisa de la cara. Le comentó en confianza que la muñeca le había cambiado la vida. Ahora sentía una relación plena, sin obstáculos y cada día parecía cobrar más vida, confesó Daniel. Julián entonces rió más estrepitosamente que antes. Daniel no pudo seguirle el juego. No pudo reírse en absoluto. Después de cinco largos minutos aguantando la hilaridad de su amigo éste le pidió ir al baño. Le indicó dónde estaba ubicado y Julián le recriminó que no le hubiera enseñado el piso en absoluto mientras se levantaba del sofá. Daniel encendió la televisión para olvidar la tensión mental que le estaba provocando su amigo. Con un rato de descanso bastaría para olvidar aquel incidente y perdonar el estado de embriaguez de Julián.
Pasaron diez minutos y Julián seguía sin volver del baño. Daniel se alarmó y se fue a comprobar qué estaba pasando. La puerta del baño estaba abierta y la luz encendida pero no había rastro de Julián. A Daniel le dio un vuelco el corazón, se dirigió a su habitación. Allí encontró a su amigo; estaba montando a María como un animal. Daniel podía escuchar los gritos de socorro de su amada resonando en su mente. Julián no era más que una bestia sin delicadeza. Había subido el vestido hasta el cuello de la muñeca y había arrancado su falda y su ropa interior. Estaba amontonada en el suelo. Daniel notó como una furia desconocida se apoderaba de él. Se abalanzó sobre su amigo y lo arrastró hasta el suelo. Julián no paraba de reírse y de trivializar con el asunto. No paraba de decir que aquello no era una persona, era una cosa. Daniel comenzó a golpear a su amigo. Julián dejó de reírse, trataba de subirse los pantalones y protegerse de los golpes al mismo tiempo. Intentó levantarse y salir de la habitación y lo consiguió a medias. Al incorporarse con los pantalones por las rodillas y tratar de salir de allí, Daniel lo empujó con todas sus fuerzas. Julián no pudo poner los pies en su lugar y se desplazó varios metros resbalando por el suelo hasta salir por la puerta. La pared del pasillo impidió que siguiera avanzando. Cuando Daniel terminó de adecentar a María y fue a ver a su amigo, Julián sólo movía las piernas espasmódicamente. Intentó auxiliarlo. Los espasmos cesaron de pronto, fue cuando Daniel se preocupó de verdad. Trató de poner en pie a su amigo. Pesaba como diez elefantes y la cabeza le colgaba escandalosamente en todas direcciones. La mezcla de sentimientos hizo que Daniel sudara a raudales. Terror, arrepentimiento, satisfacción, lujuria, alcohol, todo ello mezclado descontroladamente en su cerebro mientras trataba de encontrar una solución a aquel desastre. El fin del mundo había ocurrido en aquel mismo instante, justo en su domicilio. Los acontecimientos le superaban y reprimió un aullido de impotencia. Estaba claro que Julián había muerto. Si llamaba a una ambulancia, avisarían a la policía y se lo llevarían preso. María se quedaría sola. No, tenía que evitar aquella situación como fuera posible. Terminó de llevar a su amigo hasta la cocina y lo sentó en un taburete apoyando la espalda sobre la pared. La cabeza pendía como un testículo malformado. La cara de Julián se había hinchado grotescamente y estaba de un color rojo amoratado. No se sostuvo mucho tiempo en el taburete y el cadáver se deslizó hacia el suelo. Daniel maldijo a gritos aquella situación hasta que enmudeció al ver las llaves del coche de su amigo. Habían saltado del bolsillo de su pantalón cuando resbaló por la pared. Daniel ideaba una solución mientras observaba las llaves.
Esperó a que la madrugada se hiciera presente y se armó de valor para bajar el cadáver de Julián hasta la calle. Rezó para que nadie le viera. Se había atado una pierna a la de su amigo y había pasado el brazo derecho del cadáver alrededor de su cuello. Pudo moverlo con menor dificultad aunque la cabeza pendía demasiado. Llegó hasta la calle y deseó que el coche de Julián no estuviera demasiado lejos. Por suerte no tuvo que andar mucho. Desató su pierna de la del cadáver y sentó a Julián en el asiento del copiloto. Condujo el coche hasta el mirador de San Juan. Durante el trayecto encontró algunos coches circulando en mitad de la noche pero no encontró señal alguna de guardias. Julián parecía dormir a su lado, eso sí, con la cara hinchada y despidiendo cierto hedor. La amplia explanada donde los turistas contemplaban la ciudad desde gran altitud estaba vacía. Las únicas luces que se veían eran las del coche de Julián. Aparcó en el mismo borde del precipicio, superando el escalón de la acera. Cambió de asiento a su amigo sin sacar el cadáver del coche y empujó el vehículo hasta que se precipitó por el vacío. Daniel respiró aliviado cuando escuchó el estruendoso choque del vehículo.
Emprendió el camino de vuelta sin mirar atrás; le llevó el resto de la madrugada llegar a su domicilio. Llegó a su casa a las ocho y cinco de la mañana, chorreando de sudor. Una satisfacción enfermiza prevalecía ante el resto de emociones. Había conseguido salir de aquel desastre airoso. En cuanto llegó a su piso tuvo que llamar al trabajo alegando estar enfermo. Después de aquella noche, lo estaba. Sentía cansancio pero su mente iba a doscientas mil revoluciones por segundo. Fue al dormitorio y se acercó a María. Su presencia era reconfortante. En su mente ella sufría las lesiones de una violación. Le explicó cada detalle de lo que había sucedido desde que salió del piso, luego llevó a la muñeca hasta el baño. Allí preparo la bañera y la desnudó suavemente. Compartió el baño con ella. Con el agua caliente, Daniel consiguió relajarse algo más y dejó que su mente dejara las preocupaciones por un tiempo. Al enfriarse el agua, salió de la bañera. Secó primero a María y la sentó en el inodoro hasta que él terminó de acondicionarse. Escuchó un sonido y se sobresaltó. Recordó que no había apagado la televisión desde que Julián llegara allí. Se dirigió al salón y acomodó a la muñeca a su lado, con su albornoz de algodón. Inhaló la fragancia de su pelo y se recostó sobre ella en el sofá. Emitían el cotidiano programa matinal donde ofrecían consejos sobre salud. Hablaron de las muñecas de látex de forma alarmante y eso atrajo la atención de Daniel. Según la información, las muñecas habían sido bañadas en una clase de feromonas experimentales. Los resultados actualizados del laboratorio advertían del riesgo de demencia que pudieran ocasionar. Daniel sonrió y se dijo a sí mismo que ya tenía suficiente como para preocuparse, además, por su salud mental. Movió la cabeza hacia el rostro de María. Desde aquella posición parecía que sonreía. Sí, definitivamente estaba sonriendo. La voz de su amada le llegaba dulce a sus oídos. Le agradecía que la hubiera defendido. Ella estaba orgullosa de Daniel. Sonrió y se acurrucó sobre ella buscando un canal más entretenido.

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INQUIETANTE DA MIEDO