
El Yogur Griego








Mathew Calhan estaba viviendo su momento en el cine. Había participado en veinte películas, casi todas de acción. Fue la estrella durante una década protagonizando la saga Arma Máxima y sus seis secuelas. Era el perfecto gancho publicitario y Mateo entabló duras negociaciones con su agente. Al final, consiguió traerlo a España para que rodara un pequeño anuncio promocionando la marca alimenticia Rorcual. El Yogur Griego Rorcual con Mathew Calhan como eje del anuncio iba a proporcionarles espectaculares ventas.
Mateo fue al estudio de rodaje en cuanto supo que el vuelo de Mathew Calhan había aterrizado en Barajas. Cientos de fans se aglomeraban en la entrada del estudio, en la zona norte de Madrid, esperando ver a la estrella de Hollywood. En cuanto hubo aparcado el coche, notó la excitación del rodaje. Raimundo estaba en el interior del plató decorado como la cornisa de un edificio, un amplio fondo verde dominaba el resto del escenario. Raimundo, el director, daba órdenes con un megáfono pequeño con su característica voz amanerada. Las chicas que harían de extras en el anuncio parloteaban excitadas entre ellas, vestidas con telas vaporosas blancas; dos telas, para ser exacto; el resto era maquillaje. En cuanto Raimundo vio a Mateo, se dirigió a él con aspavientos.
–Tenemos el estudio hasta las cinco de la tarde, ¿cuándo viene Matt? Esto es un desastre, sólo tienen café de máquina. Es horroroso.
–El avión aterrizó a las diez y media. Espero la llamada del representante. ¿Está todo listo?
–Todo preparado, primazo. He tenido que echar a todas las fans. Apenas puedo contener la excitación de las chicas del set. Yo mismo estoy que no quepo en mí de la ilusión. Está buenísimo. ¡Qué hombre! Él sí que es un yogur.
–¿Has preparado el storyboard?
–Claro, tonto. Cómo te agradezco esta oportunidad, primazo. No voy a fallarte. He pensado en poner a Matt sobre un edificio idílico y de fondo pondremos un croma con una perspectiva general de Madrid, en plan oscuro, tremendamente desapacible. Quizá pongamos lluvia, no lo he decidido. Nuestro hombre estará en lo alto de este edificio con nuestro producto entre sus fuertes manos. Entonces Matt se comerá el Yogur Griego Rorcual y cambiaremos el entorno urbano gris por una explosión de color, con un prado al fondo y Matt cayendo por la azotea y yendo a parar a un lecho de yogur blanco y puro. Entonces saldrán las chicas del set proyectadas en todas direcciones con cara de placer y bañadas en yogur. Toda esta escena con Matt en el centro, por supuesto, y a cámara lenta. Terminaremos el anuncio con la siguiente frase: “Yogur Griego Rorcual, el último placer natural”, que tendrá que decir Matt. ¿Qué te parece?
–Yo sólo quiero que este día termine pronto. El representante está continuamente con exigencias para nuestro hombre. No sé quién es más gilipollas, si el representante o el actor.
–Créeme cariño, la relación entre representante y actor es tan estrecha que acaban siendo iguales. Entonces te ha gustado mi idea, ¿no es cierto? Sería un engorro desmontar otra vez el escenario y crear una nueva cosa…
–No veo inconveniente, Rai. A ver si le parece bien a nuestra estrella. –El teléfono de Mateo sonó. –Es el representante otra vez… A ver si vienen ya.
Mateo puso cara de circunstancia cuando descolgó. Asintió, tuvo una breve conversación en inglés con su interlocutor y colgó el teléfono.
–Hemos terminado por hoy. No va a haber rodaje.
–No, Mateo… ¡No puede ser!
–Sí puede ser, Rai. Nuestro hombre está cansado, no puede venir al plató. Vendrán mañana a las ocho de la mañana.
–¿Sabes lo que nos cuesta un día más de rodaje?
–Sí, me encargo de las cuentas. Ahora mantén la calma y despide a todos hasta mañana a las ocho.
–¡Vamos chicos! ¡Recogiendo! ¡Mañana a las ocho de la mañana volvemos!
Un día más tarde, el set de rodaje estaba de vuelta en el plató antes de las ocho de la mañana. Mateo daba paseos cortos alrededor del equipo de dirección. Raimundo esnifó una raya de cocaína mientras Mateo lo observaba con mirada reprobatoria.
–Es para despejarme, primazo. No he podido dormir en toda la noche pensando en este momento. Necesito mantenerme alerta.
–Tú verás…
–Eso, ya soy mayor para decidir estas cosas.
–No he dicho nada.
–Tampoco quiero que lo hagas. Ya sé que eres mi primo mayor pero lo último que necesito es que me crucifiquen por mis vicios.
–No voy a juzgarte, es solo que no me gusta.
–Pues deberías probarlo, te da más alas que el Red Bull.
–No será ahora mismo.
–Como quieras… –Raimundo esnifó un poco más con la uña de su dedo meñique, inusualmente larga. Mateo descolgó su teléfono móvil y habló con Leticia, la chica de relaciones públicas que había mandado al Hotel Campoamor para que alojara a su invitado. Ella le contaba que Mathew y Roger querían conocer la ciudad, no iban a ir en toda la mañana. Mateo era una olla a presión. Se iba poniendo rojo por momentos hasta que estalló lleno de cólera. Pidió entre bramidos que trajera a los americanos al plató a rastras. La pantalla de su terminal se llenó de babas. Leticia se disculpó y le contestó que haría lo que pudiera. El set de rodaje esperó durante toda la mañana. Las fans seguían en la entrada gritando el nombre de Mathew Calhan y muchas irrumpían en el plató, gritando histéricas. Mateo tuvo que ayudar al equipo de seguridad a echar a nueve de ellas. Corrían como aves sin cabeza portando pancartas con mensajes de amor y posters del actor. Una de ellas tropezó con una cámara y estuvo a punto de hacerla caer. Ninguna había cumplido los veinte años.
A las dos y cuarto de la tarde se presentó una limosina negra en el estudio. Mathew Calhan asomaba medio cuerpo por la ventanilla del techo; era un hombre imponente, con cuerpo dedicado al ejercicio. Llevaba el pelo rapado al cero y su cabeza relucía, casi con insolencia. Invitaba a que sus fans se acercaran al coche. Agarraba una botella de Jack Daniels medio vacía y dio un enorme lingotazo cuando el vehículo estacionó a la entrada. Las fans se arremolinaron alrededor de la limosina hasta que el cuerpo de seguridad pudo hacer un pasillo. Mathew Calhan daba besos, firmaba posters, metía mano a sus seguidoras y concedía unas palabras a la prensa protegiendo su mirada con unas gafas de sol. No soltó la botella en ningún momento. Leticia organizaba el orden de intervención de los reporteros y traducía simultáneamente en ambos idiomas. Mateo se dirigió al actor en cuanto hubo entrado en el plató pero fue interceptado por un enorme hombre negro que le ofreció una mano gigantesca. Más que un saludo parecía una advertencia. Era Robert Mitchells, el representante. Hablaba un español mediocre, con acento mexicano, desde una voz profunda y vibrante. Mateo se presentó como director de publicidad y aquel con quien Mathew Calhan había firmado el contrato. El enorme hombre se mostró más afable con él. Lo impulsó con su mano hacia el interior del plató, siguiéndole a corta distancia. El actor había pasado de estar rodeado por sus fans a estar rodeado por sus compañeras de anuncio. También se le acercaron el técnico de sonido, el técnico en iluminación, los cuatro cámaras, el ayudante de fotografía, la maquilladora y un guardia de seguridad muy entusiasta de Arma Máxima. Raimundo esnifó otra raya de cocaína y se presentó formalmente, primero a Robert y a continuación a Mathew Calhan. Tonteaba como cualquiera de las otras chicas con él aunque era educadamente ignorado. Mateo supo que el rodaje tendría que esperar hasta después de comer. Fue a hablar con el responsable del estudio hacia la oficina detrás del plató. Después del papeleo, se fue al área donde habían servido el catering y comió con calma, en solitario. Todo el set de rodaje estaba agrupado, riendo las gracias de Mathew Calhan.
No pudieron comenzar hasta bien pasadas las cinco. El actor iba tremendamente borracho. Raimundo, pese a la debilidad que sentía por aquel hombre, estaba perdiendo la paciencia. El actor se preocupaba más en meter mano a las chicas del rodaje que en su pequeño papel. Robert, el representante, esnifaba cocaína que había conseguido de un tipo que llevaba allí desde el comienzo del rodaje. Ni siquiera Mateo conocía su nombre pero Robert ya lo trataba como de su familia. Lo llamaba Jimmy. El tal Jimmy tenía ojos pequeños y se comportaba como un roedor en apuros hasta que Bob lo adoptó. Los dos habían tomado la oficina que Mateo estaba usando para el papeleo y se habían acomodado en los sillones individuales. El último refugio de tranquilidad había desaparecido. Robert le daba conversación a Leticia, la cual sonreía forzadamente mientras asentía. Mateo, a pesar de sentir una ira huracanada, fingía buen humor. Leticia se había atrevido a encender un cigarrillo que el tal Jimmy le ofrecía. Se volvió a Mateo con cara de perplejidad. Se sirvió un Jack Daniels y trató de tomarse aquel rodaje con algo más de calma. Tomó, además, uno de los cigarrillos que Jaime, alias Jimmy, le ofrecía. Al cabo de una hora, estaba riendo las gracias americanas del enorme Bob. Hasta Leticia había dejado de forzar la sonrisa, se reía de verdad. Raimundo era el que parecía más nervioso de todos. Entró en la pequeña oficina preguntando si quedaban más yogures.
–Claro que hay más yogures, Rai. En la zona de catering tienes todos los que quieras.
–Ven un momento, por favor.
–Mateo se encontraba tan bien allí sentado que tardó un rato en incorporarse. El Jack Daniel´s que traía Robert era extrañamente fuerte. Al salir hacia el plató, vio que Mathew estaba sujeto por cuatro de las ocho chicas vaporosas que le sujetaban la frente, los brazos y el torso. Todas parecían incómodas.
–Ha vomitado.
–¿Cómo que ha vomitado? –Mateo intentaba disimular su embriaguez.
–Se ha comido diez o doce yogures seguidos y con el último ha vomitado hasta su ego.
–Bueno, que alguien limpie todo este desastre. Todo tiene solución, Rai.
–Se ha comido todos los yogures que teníamos y los imbéciles del catering han traído yogur de otra marca.
–Pues usa los yogures de la otra marca en nuestros envases. ¿En serio no hay más yogures?
–Se suponía que iba a estar todo resuelto en dos horas de rodaje. No he pedido más. Es imposible trabajar así, he conseguido sólo diez segundos de los cuarenta y cinco que necesito.
–Que descanse un rato. He alquilado este estudio veinticuatro horas. No podemos estar más tiempo, ¿lo comprendes?
–Perfectamente, yo también estoy preocupado.
–Pues métele caña a Matt y que haga su trabajo de una vez. Que duerma la mona un rato y que la chica de maquillaje le ponga guapo cuando despierte.
–Chicos, descanso. Matt, cariño. Vamos a tu camerino. Debes descansar un rato. –Raimundo y las cuatro chicas arrastraron al actor hasta dejarlo en la cama de matrimonio. Otra exigencia más del actor, tener una cama de matrimonio en su camerino. Al caer sobre el colchón, se agarró a una de ellas y la besó en la boca. Ella lo apartó, sorprendida. Acto seguido, pareció recapacitar y le devolvió el beso. Con la otra mano cogió el brazo de otra de las chicas y la besó también. Las dos chicas restantes salieron del camerino cuando Raimundo comenzó a dar palmadas y cerró la puerta tras la última, quedándose dentro de la habitación. Al rato, Mateo vio salir a su primo Raimundo con la sonrisa que ponía de niño cuando se había comido todo el chocolate.
–¿Qué haces?
–Nada, primazo. Estoy inspirándome.
–¿No habrás…?
–No preguntes.
–¿Has pensado en una demanda millonaria, como estoy haciendo yo?
–Ni se ha enterado, está con otras dos chicas. Me han cubierto muy bien.
Raimundo se metió en el papel de director otra vez y daba órdenes para que se recompusiera el escenario del plató. Mateo se veía a sí mismo fuera de lugar. Se encontraba ebrio y quería estarlo más aún. Pasó el resto de la noche en el despacho, junto a Robert, Jimmy y Leticia. Las fans habían conseguido entrar en el plató por tercera vez. Mathew Calhan seleccionó a una chica y se la llevó al camerino mientras el resto esperaba en la puerta gritando de excitación. Aquello ya le daba igual. Estaba disfrutando del whisky con las gotas especiales que le añadía Robert. La cuarta vez que Jimmy le ofreció cocaína, esnifó la raya sin reservas. Después de todo, comenzaba a pasárselo bien.
